Estados Unidos

“No somos criminales”: el relato de un santandereano detenido por ICE durante cuatro meses en Estados Unidos

Julián Fernando Carvajal

Julián Fernando Carvajal Pinzón, santandereano, viajó a EE. UU. para trabajar; fue detenido por ICE, pasó meses en centros de detención y regresó a Colombia.

Suministrada Tras cuatro meses en un centro de detención en Estados Unidos, Julián Carvajal regresó a Santander y hoy alza la voz por los colombianos que aún esperan su retorno

Con la voz serena, pero marcada por lo vivido, Julián Fernando Carvajal Pinzón repite una frase que resume su experiencia: “No somos criminales”.

Este joven santandereano de 28 años viajó en marzo de 2024 a Estados Unidos con un propósito claro: trabajar, ayudar a su familia y adelantar un proceso migratorio dentro de la ley. Llegó a Detroit, Michigan, donde inició su trámite y se presentó a las audiencias exigidas por las autoridades.

Según su relato, asistió a su primera audiencia en marzo de 2025. El juez programó una nueva vivista a la corte para diciembre de 2027, lo que le permitía continuar con su trámite mientras esperaba los documentos. Sin embargo, esos papeles nunca llegaron.

La mañana del 20 de octubre de 2025, cuando se dirigía a su trabajo, fue interceptado, según cuenta, por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

“Pensé que era la Policía. Cuando me di cuenta eran agentes de ICE”, asegura que entró en shock al no comprender lo que ocurría, “me rastrearon la placa y al ver que era colombiano, latino, hispano, deduzco que por eso me pararon. Me violentaron la puerta, rompieron el vidrio y me bajaron del carro. Ahí comenzó esa pesadilla”. Tras su captura fue trasladado a un centro de detención migratoria, donde permaneció cerca de cuatro meses.

Cuatro meses en un centro de detención

Julián estuvo inicialmente en Michigan, en el centro North Lake, y luego fue enviado a Luisiana, donde de acuerdo con su relato, las condiciones eran complejas. Habla de ventilación deficiente, agua con color amarillento y alimentación de mala calidad.

Las llamadas a Colombia estaban permitidas, pero costaban un dólar por minuto, por lo que su familia debía enviarle dinero para que pudiera comunicarse o comprar alimentos adicionales.

“Fue terrible ver a mis papás angustiados por mi salud y no poder hacer nada. Para nosotros el procedimiento es ilegal, porque llevábamos un proceso con el Estado y aun así nos privan de la libertad”, afirmó.

Julián también habló sobre las audiencias en las que, según se ha dado a conocer incluso niños de 3 y 5 años han tenido que comparecer para recibir oficialmente la deportación. Sobre ese momento explicó:

“Uno pasa tanto tiempo esperando esa citación que va con la mentalidad de que toda esa pesadilla se acabe pronto. Lo único que quiere es que le emitan la deportación para poder salir de ese lugar”.

En los centros donde estuvo, hombres y mujeres permanecían separados. “Era muy rara la vez que nos cruzábamos. Conocí parejas donde el esposo estaba por un lado y la esposa por otro, y no los dejaban verse ni comunicarse”, expresó. También mencionó haber escuchado de centros donde permanecen familias con niños.

Durante su reclusión, compartió espacio con decenas de colombianos detenidos en Estados Unidos. Solo en su módulo según su testimonio, había cerca de 400 personas, de las cuales entre 40 y 50 eran colombianas, es decir, alrededor del 10 % del total.

El centro North Lake, según datos públicos, tiene capacidad para aproximadamente 1.800 personas. “Es impresionante la cantidad de colombianos que hay allá esperando su regreso”, dice.

El vuelo que nunca salió

El 8 de enero fue trasladado al aeropuerto para su deportación a Colombia. Permaneció varias horas encadenado dentro de un bus, convencido de que regresaría.

“Nos tuvieron seis horas dentro del bus y al final nos dicen que nuestro país no envió el avión por nosotros. Fue un momento de total tristeza”, relata.

Su familia ya había recibido la noticia de su retorno. Su abuela, con quebrantos de salud, alcanzó a saber que él volvería. Horas después les informaron que el vuelo no había salido. Ese mismo día, su abuela falleció. “No pude despedirme ni por teléfono”, cuenta.

Un mes y dos días después, Julián logró regresar en uno de los vuelos humanitarios a Colombia. De su centro de detención, solo nueve colombianos fueron incluidos en ese traslado.

Familiares de los detenidos crearon grupos de WhatsApp y enviaron derechos de petición a la Cancillería y a la Fuerza Aérea, buscando que se reactivaran y aumentaran los vuelos.

El llamado para aumentar los vuelos humanitarios

Ya de regreso en Santander, Julián insiste en que su historia refleja la situación de cientos de compatriotas que permanecen en centros de detención en Estados Unidos, especialmente en Luisiana y Texas.

Asegura que Colombia estaría enviando un avión semanal de la Fuerza Aérea para el retorno de connacionales, pero considera que es insuficiente frente al número de personas represadas.

“Que aumenten los vuelos. Hay mucha gente enferma y esperando volver con su familia”, pide.

Más allá del debate migratorio, la historia de Julián vuelve a poner en evidencia el impacto de la detención de colombianos en Estados Unidos, la incertidumbre jurídica y la distancia con sus familias, una espera que termina convirtiéndose en un limbo sin tiempo ni fechas claras.

“Me vine feliz por reencontrarme con los míos, pero triste por los que se quedaron. Solo queremos volver a casa”, concluye.